TANIA GARCÍA_ PERFORMER

Sonia Cabrera

2016

         Responder con una concreción implica situarse, elegir, definirse… Nos lleva a una posición, que sienta las bases de impresiones posteriores. Hay preguntas  de cuya respuesta se espera eso, una nota aclaratoria. Preguntar a alguien sobre su procedencia nos ofrece una respuesta inmediata, sin embargo, para Tania García, esa cuestión inicia todo un discurso de diálogo introspectivo del que surgen sus contenidos como creadora. Necesita el arte como medio catártico y como catalizador de pulsiones errabundas. El arte como nodo de conexión con una vivencia múltiple que se encuentra dispersa en su experiencia.

           El territorio y la identidad tienden a fundirse, se conforman mutuamente y se retroalimentan, pero, ¿qué ocurre cuando el territorio no se encuentra definido? ¿Influye en la identidad? La performance de Tania García convierte en acción un pensamiento con un fuerte carácter filosófico y discursivo. Haber vivido sin la sensación de echar raíces en ningún sitio, con una vivencia nómada y trashumante,  hace que las cuestiones trascendentes por antonomasia las formule a través de cómo se relaciona con el espacio.

     Concibe la identidad como una búsqueda impuesta; esa necesidad constante de la sociedad de ubicar a los individuos en un espacio concreto, implica el etiquetado de clichés y normativas que aplicamos a las procedencias. Para Tania García se trata de un proceso innecesario pero a la vez perturbador, ya que supone un posicionamiento de extrarradio social del que se intenta zafar. De esta manera busca en ella los esquemas que la conforman para deconstruirlos y a través de ese proceso generar otra cosa posible en otro orden estructural.

          Su acción performativa lleva al espectador a caer en este absurdo de los elementos propios que se han desarticulado para generar otros nuevos. El resultado es una obra que hace que el que observa se sienta partícipe desde una contradicción, ¿debo reír? ¿Se espera que llore? Un desasosiego agridulce que examina la batalla de la artista por configurar una identidad en un mundo desmembrado.

      De esta manera ser espectador de su obra, supone participar de una experiencia que transmuta lo pasivo en activo; se agudizan los sentidos, se convierte en algo vivencial cargado de una espontaneidad reflexiva que apura hasta los límites propios. Es entonces cuando se alcanza el clímax, una perfecta comunión en la que el que comenzó observando siente que es parte irreemplazable de la acción y ya no puede más que impregnarse de su incierto devenir.

        Por otro lado, los objetos adquieren un papel fundamental como vehículos de comunicación; se convierten en una extensión de los miembros, incapaces de abarcarlo todo. Al final se trata de la representación de una carencia; ese sentido carente de su existencia lo busca descomponer, como una manera de reflexión acerca de lo que no se entiende. De este proceso surgen nuevas estructuras que tratan de dar sentido a la propia humanidad.

         Esa brecha de la que ese extrae la “verdad oculta” intenta atisbarse en sus performance, sin embargo el misterio no llega a desvelarse: la eterna incertidumbre lo ensombrece, la realidad ha mutado.

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